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“¡Pero mi intención era buena!” En cuantas ocasiones pretendemos excusar un acto, basados en esta aseveración. Pareciera que lo que hicimos pasa a un segundo plano, y que lo que realmente deberíamos analizar, es el propósito que teníamos en mente.

Por supuesto, la intencionalidad puede darle una connotación particular al acto. Puede llegar incluso a mitigar la condena, como sucede, por ejemplo, en el campo legal. Sin embargo, lo que realmente nos puede indicar si vamos o no por buen camino, es nuestra conducta diaria. Ésta debería ser la regla con la cual somos medidos, ya que verdaderamente refleja quiénes somos.

Un sabio autor anónimo deja claro la estrecha conexión entre el pensamiento y el comportamiento, con las siguientes palabras:

“Vigila tus pensamientos, pues se convierten en palabras.
Vigila tus palabras, pues se convierten en acciones.
Vigila tus acciones, pues se convierten en hábitos.
Vigila tus hábitos, pues se convierten en tu carácter.
Vigila tu carácter, pues se convierte en tu destino.”

En esta época, en donde la búsqueda de la felicidad se centra en lo que nos hace sentir bien, en lo que “queremos hacer”, las personas encuentran muy difícil hacer lo correcto, a pesar de que no se “sienta bien” hacerlo o no parezca divertido. La palabra “honor” se ha perdido en un mundo de promesas rotas, acuerdos no cumplidos y negociaciones fraudulentas. Al parecer, la frase “te doy mi palabra”, no tiene ningún significado y es necesario elaborar contratos y certificarlos de mil maneras diferentes para garantizar que se cumplirán los lineamientos del acuerdo entre dos personas.

Es indispensable, pues, recuperar la dignidad en nuestro actuar. Que nuestro comportamiento sea tan intachable que la gente que nos rodea no dude que siempre cumpliremos lo ofrecido, y si no podemos lograrlo, lo afrontaremos inmediatamente, sin engaños o excusas.

Se ha malentendido lo que “discriminar” o “juzgar” significa. Por supuesto que siempre estamos llamados a discriminar una conducta buena de una mala. Tenemos que saber diferenciar entre una y otra, mediante el juicio recto de los actos, propios y ajenos, para después poder decidir cuál camino tomar en un momento dado. Todos los días juzgamos: uso esta pasta dental, en lugar de la otra, elijo este trabajo y no este otro, promuevo esta amistad y me alejo de otra, le enseño a mi hijo sobre este tema, y no sobre otros… Mediante estas decisiones vamos construyendo nuestro destino, en el que gozaremos o sufriremos de las consecuencias que trae consigo.

Las parejas no tienen un buen matrimonio “por buena suerte”, a una persona que le ha ido bien en la vida no ha sido por su gran fortuna o porque los astros estuvieron en la “alineación adecuada”. Estos ejemplos son producto de gran esfuerzo personal, de un trabajo diario para lograr lo que se desea. Cada persona es el arquitecto de su vida, y todo lo que hace, promueve, mantiene o elimina lo bueno o malo que le suceda. Por supuesto, hay cosas que están fuera de nuestro control: algunos aspectos de nuestra salud, una catástrofe natural o un accidente. Sin embargo, sí dependerá de nosotros el uso que le demos a esta experiencia, la perspectiva con la que juzgaremos esto que nos sucedió, la actitud que tomaremos para manejarla… Es así como, a pesar de los “azares del destino”, finalmente tenemos el control de nuestra vida y somos responsables de ella.

Encontramos la felicidad cuando estamos satisfechos de nuestra vida, cuando estamos contentos con quienes somos, orgullosos de nuestro actuar.

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Pregúntale a Mónica © Prohibida su reproducción. Septiembre, 2007


Comentarios

  1. cofeman347@hotmail.com' Héctor López Zaldívar dice: marzo 18, 2010 at 11:15 pm

    “Mi intención era buena” Bah, las peores y más inhumanas cosas se han hecho con “buenas intenciones” ¿De qué sirve semejante excusa? Sólo para intentar evadir nuestros errores.

    El pensamiento del autor anónimo es excelente; debo decir que casi verdadero.

    Es triste que el honor se halla perdido en esta época y que haya que sumergirnos en burocracias y contratos inútiles. Es una lástima que ya no podamos confiar en nadie ni que queramos actuar como gente de confianza. Muchos se preguntan: ¿Y qué hay que hacer primero: confiar en alguien o ser honesto? Ambas, porque ninguno de los 2 conceptos funciona sin el otro, son como una simbiosis.

    No creo que se “discrimine” otras conductas; yo lo veo más como una elección de cómo actuar, una elección conciente que sólo depende de nosotros. Según elijamos, es como vamos a acabar.

    En cuanto a la suerte: Uno tiene suerte, buena o mala, según quiera tenerla. Muchos piensan que la suerte es sinónimo de azar, que no se controla, que estamos atados a sus caprichos. No. La suerte es algo que nosostros controlamos según nuestras formas de actuar con nosotros mismos y lo demás.

  2. lookitratus@hotmail.com' Daniel 401 dice: abril 7, 2010 at 7:53 pm

    MMM… Pues que puedes pensar cuando un autor anonimo escribe sobre la falta de confianza entre las personas, lo único que se piensa es que si este auor dejo de creer en las demas personas es y las personas que estaban a su alrededor dejaron de creer en él pues es por que el tipo no ha vivido lo suficiente.

    Por que llega un momento de tu vida que si todas las personas que se encuentran a tu alrededor y hasta tus familiares te dan la espalda y los amistades que formaste un dia, tambien te dan la espalda y si en ese momento tu crees que todos te han havandonado y estas solo, pues es correcto pero eso es solo un momento de tu vida, todos debemos vivir esta experiencia de vida de ser abandonados por todos.

    Pero solo asi se aprende a convivir con tu soledad, y lo mejor de todo esque esto solo es una experiencia de vida, un juego en el que todos estamos y los unicos capaces de decidir como ganar el juego somos nosotros.

    Sin embargo me parece una excelente redacción.

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