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Felipe escribió al programa. Después de años de una relación distante y problemática, ha reencontrado en su esposa a aquella mujer, cariñosa, cercana y divertida, de la que se había enamorado años antes… y después está Juan, quien no le encuentra sentido permanecer en una casa en donde ya no siente amor, atracción, ni disposición para cambiar las cosas.

Y ahí está la clave: la disposición. La actitud de querer mejorar el ambiente familiar, motivado, no sólo por el claro beneficio de sentirse relajado y feliz, sino también porque así nos comprometimos, años antes, al contraer matrimonio con nuestra pareja.

No existe la relación en la que no hay conflicto o roces. Después de años de convivencia y cercanía, es natural que existan situaciones en las que las diferencias de estilo de cada persona, provoquen problemas y discusiones. Sin embargo, es fundamental el tener claro que al casarnos, la decisión fue para siempre. Y hago hincapié en el uso de palabras: la DECISIÓN es para siempre. Este compromiso no se basa en los sentimientos, en el “lo sigo queriendo” o “todavía me gusta estar con ella”. La disposición se refiere a encontrar la fortaleza para reconstruir el sentimiento a base de trabajar en el comportamiento.

Lo primero, por supuesto, es actuar inmediatamente, cuando vemos que estamos iniciando una etapa de frialdad y distanciamiento. En las relaciones de pareja, hay que actuar como con el cáncer. Si nos esperamos a iniciar el “tratamiento”, la enfermedad invade todas las áreas de la relación, y acaba por matarla. Así que, en estos casos, más vale prevenir, siempre estando alerta al estado de salud de nuestro matrimonio, para evitar mayores dificultades más adelante.

Todo esto puede ocurrir cuando estamos absolutamente convencidos de que la familia es la fuente de la felicidad. Es ahí donde encontramos el apoyo, la compañía, el cariño y el servicio que necesitamos para afrontar la vida. Fortalecer a la familia es asegurar una vida plena y satisfactoria. Es hallar la trascendencia en el quehacer diario.

Pero me queda claro que encontrar la disposición de rehacer lo que ya está tan herido, resentido y alejado, es increíblemente difícil. Especialmente hoy en día, en donde los sentimientos parecen ser los motores de nuestra conducta. Encontrar la motivación para seguir en el esfuerzo, el honor y la fuerza de carácter, parece no entrar en la gama de consideraciones al tomar la decisión de quedarse a terminar de formar a los hijos, de quedarse para dar un testimonio real de que, cuando dijimos “en lo próspero y en lo adverso”, sabíamos que nos quedaríamos ahí, en casa, a hacerle frente a la tormenta, para después gozar de la calma.
Nuestros hijos nos observan con atención. Cuentan con nosotros para apaciguar sus temores y vivir tranquilos. Jamás esperan que sean sus propios padres los que los lastimen profunda y definitivamente.

Cuando quedarnos en nuestra relación no ponga en peligro nuestra vida o la de nuestros hijos, cuando nuestra pareja no sufra de una adicción profunda y sin ningún interés en tratarla, o cuando no se sufre de auténticas indignidades, debemos de recurrir a TODOS los medios para volver a sentir por el cónyuge lo mismo que cuando decidimos comprometernos permanentemente con nuestra pareja. Se lo debemos a nuestros hijos. Nos lo debemos a nosotros mismos.

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Pregúntale a Mónica © Prohibida su reproducción. Mayo, 2008


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