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Mucha gente cree que la terapia es útil para aquellos que están seriamente trastornados. De hecho, precisamente lo contrario tiende a ser verdad. La decisión de ir a terapia es con frecuencia una señal de salud mental, una señal de que una persona es los suficientemente inteligente para saber que necesita ayuda. Y lo suficientemente responsable para obtenerla.

Nadie se cuestiona el acudir al médico ante un problema serio. Y justo cuando la enfermedad física se complica, parecemos estar más ansiosos por compartir con nuestros familiares, amigos y prácticamente cualquier persona que esté dispuesta a escucharnos, los detalles del tratamiento, los síntomas de nuestro padecimiento y los pronósticos de curación…

Entonces, ¿por qué no reaccionamos de igual manera cuando se trata de una “condición emocional”? ¿Por qué no dudamos, por ejemplo, al hacer la cita con el gastroenterólogo cuando nuestros remedios caseros no funcionan para aliviarnos del estómago, pero eludimos hasta el último momento posible el establecer una sesión con el terapeuta de pareja?

La respuesta se encuentra en la percepción generalizada de que las condiciones de inestabilidad emocional reflejan debilidad en la persona, y que los problemas que de esto se derivan ocurren porque ella misma ha provocado la situación en la que se encuentra. La enfermedad física está totalmente fuera de nuestro control. La “enfermedad emocional” es una consecuencia de nuestras decisiones. Por lo tanto, de acuerdo a esta postura, el acudir a terapia significaría aceptar que estamos equivocados y que somos incapaces de arreglar nuestro error, ¿¿quién está listo para aceptar esto públicamente??

Pero lo que propongo en este artículo es analizar el asunto desde el ángulo diametralmente opuesto: No hay nada que demuestre mayor capacidad de análisis, fortaleza de carácter, humildad e inteligencia, que el de reconocer que hemos errado y tomar las medidas necesarias para corregir el camino.

Por supuesto, lo esperado es que podamos manejar adecuadamente la mayoría de los problemas personales o familiares. Solos, o con el buen consejo de algún amigo o pariente, deberíamos poder diseñar una estrategia de solución y aplicarla exitosamente. Entonces, ¿cuándo es que necesitamos considerar la opción de una terapia?

Algunos criterios serían los siguientes:
– Cuando un problema se alarga por mucho tiempo y no se nos ocurren soluciones adecuadas.
– Cuando sufrimos de una depresión o crisis de ansiedad que nos dejan con sentimientos de desesperanza o con la sensación de que no podemos seguir adelante.
– Cuando los problemas cotidianos se repiten cien veces y nos impiden ser felices o sentirnos productivos.

La terapia sirve para entender nuestros sentimientos, para analizar nuestro entorno de una manera más objetiva, y para escuchar una perspectiva que pudiera ayudarnos a definir una manera de cambiar nuestra conducta o actitud.

Freud definió a la persona sana como aquella que es capaz de “amar y trabajar”. Cuando podemos hacerlo plenamente, sea cual sea la manera en que lo logremos, estaremos encaminados hacia la verdadera felicidad.

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Pregúntale a Mónica © Prohibida su reproducción. Julio, 2008


Comentarios

  1. gabriela.esqueda@hotmail.com' gabriela esqueda dice: noviembre 24, 2010 at 10:13 pm

    yo he estado yendo a terapia. soy una mujer que se separò de su pareja hace 6 años màs o menos y me divorciè hace dos y acabo como quien dice quedar viuda aunque estaba pues separada èl ya muriò de alcoholismo, causa de la separacìòn. yo idealicè a mi ex y tambièn mi matrimonio. yo lo querìa arreglar. y no me daba cuenta de mi codependencia y mis carencias emocionales mis tanstornos depresivos, y mis heridas de la infancia. Ahora ya me dieron de alta de psicologìa y voy actualmente a Al Anon.gracias. mis hijos estàn mejor y yo tambièn.

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