Enviame
tu Pregunta
Último
Episodio

“Mi prioridad son mis hijos…” Es una frase que escucho con frecuencia, que en realidad suena muy bien. Quien la dice, parece describirse como un padre o madre responsable, cuyas actividades diarias se coordinan y organizan de acuerdo a las necesidades de su prole.

Espero que hayan notado que utilicé la palabra “parece”, pues este es un caso en el que la teoría no siempre es congruente con la realidad. El establecer si nosotros hacemos lo que decimos o pensamos, es una evaluación que debemos hacer con absoluta sinceridad, por incómodo que sea, si queremos llegar a conclusiones que nos sean útiles.

Lo primero es tener claro qué es lo que nuestros hijos NECESITAN de nosotros, como padres. No lo que ellos quieren o nosotros “sentimos ganas de darles”. Sabiendo que nuestro objetivo final es el de formar adultos seguros de sí mismos, estables, responsables e íntegros, sus necesidades serían aquellas que nos dirigieran a lograr esta meta. Sabrán construirse por si mismos la felicidad que todos deseamos para ellos cuando su marco de valores esté fortalecido por las características mencionadas.

Así es como nuestros hijos requieren, principalmente, de nuestro TIEMPO. Para conversar, para reír, para consolar, para jugar, para discutir… Para transmitirles nuestros principios, valores y perspectivas, en las mil y una ocasiones que nos dan las pequeñas anécdotas de la vida diaria, con el fin de que puedan aprender a manejar mejor su existencia.

Nada transmite más seguridad, y por lo tanto tranquilidad, a un hijo, que confirmar diariamente que uno o ambos padres están en casa cuando él llega. No necesariamente para estar juntos, en la misma habitación, sino sólo para saber que están cerca quienes pueden resolverle un problema que se le presente, por más sencillo que nos parezca. Y conforme crecen, esta ayuda se transforma más en asesoría. A partir de los últimos años de la adolescencia, los padres nos convertimos en guías quienes ofrecen una perspectiva que el joven considerará en su toma de decisiones.

Son nuestras elecciones las que determinarán si nuestras prioridades están en donde decimos que las tenemos. Nuestras actividades diarias, el tiempo que le damos a cada una y la disposición para hacer los ajustes necesarios cuando surge un imprevisto, siempre teniendo presente lo importante: ¿Realmente es indispensable que yo asista a esta reunión en la oficina, o puedo salir más temprano para acompañar a mi hijo en casa, porque está agripado? ¿Me doy el tiempo para salir con mi esposo a solas, incluso a paseos sencillos, para fortalecer nuestra relación?

Todo esto implica un compromiso. Exige un esfuerzo de nuestra parte y, como toda decisión que tomamos, tiene un “costo” en tiempo que, al cumplirlo cabalmente, expresa, no en intención sino en realidad, quienes son nuestra prioridad.

La recompensa se recibe instantáneamente, en las momentos especiales que compartimos con quienes amamos; pero también la disfrutamos a través de los años, al ver a nuestros hijos convertirse en hombres y mujeres absolutamente capaces de construirse un futuro comprometido, trascendente y feliz.

_____________________________________________________

Pregúntale a Mónica © Prohibida su reproducción. Noviembre, 2008


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *