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¿Cómo es posible que veamos a personas felices a nuestro alrededor? No parecen millonarias, ni particularmente hermosas, ni siquiera famosas. ¿Entonces? ¿Será que la felicidad se le otorga sólo a algunos afortunados, independientemente de su condición económica, física o social? Tal vez existe algún secreto que ignoramos… Tal vez, sencillamente, no hemos estado dispuestos a trabajar para alcanzarla.


La gran mayoría de las veces creemos que las personas que más queremos saben lo importantes que son para nosotros. Damos por sentado que lo tienen claro y nos quedamos tranquilos pensando que interpretarán que nuestro trabajo, nuestras actitudes o los tonos que usamos expresan lo que significan en nuestra vida. Sin embargo, propongo lo siguiente: seamos claros, digamos «me importas» y hagámoslo saber. No dejemos duda acerca de lo que sentimos por los demás. No permitamos NUNCA que se dude del lugar que ocupan en nuestro corazón nuestros seres más queridos.


La procrastinación es el «arte» de dejar todo para la última hora. Hay quienes prefieren trabajar bajo presión y permiten que el tiempo transcurra para empezar a trabajar un segundo antes de la fecha límite de entrega. Hay quienes, completamente agobiados por múltiples tareas, dejan al final lo que puede aplazarse. Hay muchas otras razones que pudieran explicar esta conducta, sin embargo, en todos suele provocar un nivel de estrés y ansiedad tal, que las consecuencias llegan a tener efectos en la salud e incluso en la estabilidad emocional de la persona.


Todas las cosas que hacemos en la vida son reflejo de quienes somos y en lo que creemos. La forma en que trabajamos, en que nos comportamos con nuestra pareja y nuestra familia, y nuestras amistades, «dicen» algo de nosotros mismos. Es por este motivo que, analizando cómo son nuestros amigos, podremos conocer mucho de nosotros mismos también.


Cada vez que decidamos tener una «seria conversación» con alguien, o hacer algo que demuestre nuestro estado de ánimo, es importante que tengamos claro nuestro objetivo, qué es lo que estamos buscando al realizarlo. El simple desahogo sin propósito, o la venganza ante una herida recibida, no proporcionan consuelo y sí hacen daños a veces irreparables en nuestras relaciones interpersonales. Sabiendo el «para qué» podremos encontrar el mejor «cómo».


En ocasiones nos complicamos la vida de tal manera, que no nos damos cuenta de lo rebasados que nos sentimos hasta que el cuerpo nos detiene con una reacción que nos hace sentir enfermos, que puede manifestarse como una crisi de ansiedad. Lo curioso es que nosotros fuimos, poco a poco, construyendo esta rutina que ahora nos agobia. Pero la buena noticia es que, de la misma manera, NOSOTROS podemos cambiarla para mejorar nuestra vida.


Todos tenemos defectos. Unos más difíciles de manejar que otros. Y sus efectos suelen traernos constantes problemas. Pero esta es una de las características fundamentales del ser humano. La imperfección y el esfuerzo continuo por ser mejores es parte intrínseca de nuestra vida. Si no existe una persona sin defectos, ¿cuál es entonces el secreto para construirse una buena vida?


No existe una vida que en algún momento no haya sufrido una crisis. Son rompimientos de lo cotidiano, quiebres de lo que sucedía anteriormente, que nos toma desprevenidos, nos sorprende y no tenemos claro qué hacer. Pero como todo, puede verse como un grave problema, deprimirnos y bloquearnos, impidiéndonos llegar a una buena solución. O puede verse como la oportunidad de salir en mejores condiciones de las que se tenía antes de sufrirla.


Como sabes, la comunicación tiene muchos niveles. La forma en que te vistes, la forma en que hablas, la forma en que te presentas, dice cosas de ti. De la misma manera, las decisiones que tomas en la vida, describen tus intereses y tus principios. Tu estilo particular de afrontar la vida. Cuando criticas negativamente a tu pareja, a tus amigos, tus circunstancias, etc., de manera directa y franca, estás reflejando tu descontento con tus propias elecciones.


Cuando estamos en medio de un problema, e involucramos intensamente a los sentimientos, la objetividad suele perderse en el camino. Y, desafortunadamente, esta es una fórmula para el desastre. Agrandar o disminuir la verdadera proporción de una situación puede llevarnos a terminar más lastimados y sin ninguna posibilidad de hacer un análisis adecuado para tomar la mejor decisión.



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